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Nadine Sierra se impone en el Roméo et Juliette del Teatro Real

La prensa española coincidió en destacar el triunfo de la soprano estadounidense en la nueva producción de Thomas Jolly, una propuesta de gran impacto visual que dividió al público madrileño y reabrió la discusión entre espectacularidad escénica e intimidad musical.

El regreso escenificado de Roméo et Juliette, de Charles Gounod, al escenario del Teatro Real tenía todos los ingredientes para convertirse en uno de los acontecimientos líricos de la temporada madrileña. La obra, que no se veía en versión teatral en ese teatro desde hacía más de un siglo, volvió ahora en una nueva producción coproducida con la Opéra national de Paris, estrenada en la Ópera de la Bastilla en 2023, con dirección escénica de Thomas Jolly y dirección musical de Carlo Rizzi.

El marco no podía ser más significativo: trece funciones entre el 27 de mayo y el 13 de junio, un doble reparto de primer nivel, la recuperación de un título fundamental del repertorio francés y la dedicatoria de las funciones a la memoria de Alfredo Kraus, cuya relación con el papel de Roméo conserva un lugar especial en la historia lírica española. El resultado, según la crítica local, fue una noche de grandes adhesiones y no pocas reservas, con una conclusión casi unánime: Nadine Sierra fue el centro artístico de la representación.

La soprano estadounidense, que el público de Buenos Aires recuerda junto a Javier Camarena por L’elisir d’amore en el Teatro Colón en agosto de 2022, volvió a mostrar en Madrid una combinación poco frecuente de virtuosismo, presencia escénica y evolución dramática. Las reseñas destacaron la frescura de su “Ah! Je veux vivre”, la seguridad del agudo, el fraseo natural y, sobre todo, la transformación progresiva de su Juliette: de la juventud luminosa del comienzo a la densidad trágica de la escena de la pócima y del dúo final.

En esa lectura, Sierra no apareció solamente como una intérprete vocalmente brillante, sino como una artista capaz de sostener el arco completo del personaje. La prensa española subrayó que su Juliette no quedó reducida a una muchacha ingenua o decorativa, sino que adquirió rasgos de voluntad, conciencia y decisión. Esa mirada hizo que su interpretación se impusiera incluso sobre los aspectos más discutidos de la puesta.

A su lado, Javier Camarena ofreció un Roméo de línea elegante, fraseo cuidado y musicalidad reconocible. Algunas críticas señalaron un comienzo algo menos firme o menos expansivo que en otras ocasiones, pero también coincidieron en que el tenor mexicano fue creciendo a lo largo de la función y encontró momentos de especial brillo en los dúos con Juliette. La pareja protagonista, ya asociada a este título en otros escenarios, volvió a demostrar una afinidad musical evidente, aun cuando las voces no siempre parezcan pertenecer al mismo universo expresivo: ella, de timbre más carnoso y teatralmente decidido; él, de lirismo más ligero, refinado y soñador.

El reparto secundario también recibió comentarios favorables. Fueron especialmente señalados el Mercutio de Benjamin Appl, la presencia vocal de Roberto Tagliavini como Fray Laurent, la frescura de Héloïse Mas como Stéphano y la autoridad de Maciej Kwasnikowski como Tybalt. La crítica coincidió además en valorar el nivel del Coro Titular del Teatro Real, preparado por José Luis Basso, y el rendimiento de la Orquesta Titular del Teatro Real, aunque la dirección de Carlo Rizzi generó opiniones menos uniformes.

En el foso, Rizzi fue reconocido por su oficio, su conocimiento del teatro y la solidez estructural de la lectura. Sin embargo, varios comentaristas echaron de menos una mayor sensualidad tímbrica, una respiración más francesa y una elegancia más refinada en una partitura donde la intimidad amorosa y el perfume melódico resultan esenciales. Las protestas que recibió en algunos momentos de la función revelaron que la discusión no estuvo limitada al escenario.

Pero el eje más polémico fue, sin duda, la puesta en escena de Thomas Jolly. El director francés, de enorme visibilidad internacional después de las ceremonias olímpicas de París 2024, construyó un espectáculo de gran ambición visual en torno a una monumental escalinata inspirada en el Palais Garnier, concebida por Bruno de Lavenère, con iluminación de Antoine Travert, vestuario de Sylvette Dequest y coreografía de Josépha Madoki. La propuesta sitúa el drama en una atmósfera marcada por la peste, el carnaval, la muerte y el contraste permanente entre luz y oscuridad, amor y destrucción.

La idea de trabajar sobre el oxímoron shakesperiano —la convivencia de fuerzas contrarias— fue reconocida por varios críticos como un punto de partida sugestivo. Sin embargo, la materialización escénica dividió opiniones. Para algunos, la producción aportó imágenes de gran belleza, una teatralidad poderosa y momentos de verdadera eficacia dramática, especialmente en los duelos, en la escena de la pócima y en el desenlace. Para otros, la maquinaria visual terminó por imponerse sobre la música, afectando la fluidez teatral y reduciendo la intimidad de los grandes dúos amorosos.

El público madrileño también pareció dividido. Hubo entusiasmo por los cantantes, ovaciones para Nadine Sierra y adhesiones claras al reparto, pero también rechazos a ciertos excesos de la producción. La iluminación dirigida hacia la sala, los movimientos constantes de la escenografía, la acumulación de estímulos visuales y algunas soluciones escénicas fueron recibidos con incomodidad por parte de los espectadores. La discusión, en todo caso, confirma que esta Roméo et Juliette no pasó inadvertida.

Ese puede ser, justamente, uno de los rasgos más interesantes de la llegada de la producción al Teatro Real. La ópera de Gounod, tantas veces asociada al lirismo, la elegancia y la expansión sentimental de sus cuatro grandes dúos, fue presentada aquí como un espectáculo de tensiones, sombras y contrastes. El resultado no satisfizo por igual a todos, pero permitió volver a medir la vitalidad de una obra que, más allá de cualquier envoltura visual, sigue dependiendo de una verdad muy simple y muy difícil: que dos voces sean capaces de hacer creíble, durante unas horas, la urgencia del amor frente a la muerte.

Y en ese punto, según la prensa española, la noche tuvo una vencedora indiscutida. Nadine Sierra convirtió a Juliette en el centro emocional de la función y recordó que, incluso dentro de las puestas más aparatosas, la ópera sigue encontrando su fuerza decisiva cuando una voz logra atravesar el dispositivo escénico y llegar directamente al público.

Fuente

Críticas publicadas en El País, La Razón, Scherzo, Ópera Actual, Opera World, Platea Magazine y Vanity Fair, con información oficial del Teatro Real.


Víctor Fernández
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