Del aire al streaming: cuando el Teatro Colón salió de la sala
El próximo 23 de mayo se cumplirá un nuevo aniversario de un hecho decisivo en la historia cultural argentina: la primera emisión radial de una ópera desde el Teatro Colón, realizada en 1927 con Rigoletto, de Giuseppe Verdi. A partir de aquel acontecimiento, la relación entre el teatro, la radio, la televisión, las pantallas públicas y el streaming permite leer casi un siglo de transformaciones en el acceso a la ópera.
Antes de que la ópera entrara en las casas por radio desde el Teatro Colón, ya había ocurrido en Buenos Aires un episodio fundacional: el 27 de agosto de 1920, los llamados “Locos de la Azotea” transmitieron Parsifal, de Richard Wagner, desde la terraza del Teatro Coliseo. Aquella emisión, encabezada por Enrique Telémaco Susini junto a César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica, suele recordarse como el nacimiento de la radiofonía argentina y como una de las primeras experiencias mundiales de transmisión radial con continuidad temporal.
La función transmitida correspondía a Parsifal, drama sacro escénico de Richard Wagner, ofrecido por la Gran Compañía Lírica del Teatro Municipal de Río de Janeiro, con dirección de orquesta de Felix Weingartner y régie de Romeo Francioli. El reparto reunió a Catullo Maestri como Parsifal, Luigi Rossi Morelli como Amfortas, Giulio Cirino como Gurnemanz, Sara César como Kundry, Leone Paci como Klingsor y Michele Fiore como Titurel. Completaron el elenco Luigi Nardi y Nello Palai como escuderos, Atilio Muzio y José Fanelli como caballeros, y Thea Vitulli, María Galeffi, Anita Giacomucci, Agnese Ricci, Carmen Morelli y María Lucchesi como niñas flores. La radio argentina nacía, así, vinculada desde su primer gesto público a la ópera y al repertorio wagneriano.
Siete años más tarde, el Teatro Colón tendría su propio hito. El 23 de mayo de 1927 comenzó la historia de LS1 Radio de la Ciudad, entonces Radio Municipal, con una transmisión desde el Colón de Rigoletto, de Giuseppe Verdi. La emisora, impulsada por Regina Pacini de Alvear, nació con un objetivo cultural muy definido: difundir los conciertos y las funciones líricas del primer coliseo porteño. No se trataba sólo de una novedad técnica, sino de una decisión política y estética: hacer que la ópera, todavía asociada a un público de sala, pudiera circular por la ciudad y más allá de ella.
La elección de Rigoletto no era menor. La ópera, en tres actos, con libreto en italiano de Francesco Maria Piave basado en la obra teatral Le roi s’amuse, de Victor Hugo, había sido estrenada el 11 de marzo de 1851 en el Teatro La Fenice de Venecia y ya tenía una larga historia en Buenos Aires. Su primera representación argentina había tenido lugar el 16 de junio de 1855 en el Teatro Argentina; luego llegó al antiguo Teatro Colón el 3 de mayo de 1857, al Teatro Coliseo el 8 de junio de 1907 y al nuevo Teatro Colón el 14 de junio de 1908.
Aquella transmisión inaugural estuvo asociada a una función de la Gran Compañía Lírica, con dirección musical de Gino Marinuzzi, régie de Ezio Cellini y coreografía de Bronislava Nijinska. En el elenco figuraban nombres de dimensión internacional: Miguel Fleta y Giacomo Lauri Volpi como Duque de Mantua; Carlo Galeffi como Rigoletto; Toti Dal Monte y Lina Romelli como Gilda; Tancredi Pasero como Sparafucile; Luisa Bertana como Maddalena; Adelina Morelli como Giovanna; Emilio Balli como el Conde de Monterone; Ludovico Olivero como Borsa; Atilio Muzio como Marullo; Fernando Traverso como el Conde de Ceprano y Tina Di Bary como la Condesa de Ceprano. La radio nacía así, para el Colón, no como simple acompañamiento técnico, sino como una extensión de una noche artística de primer orden.
Durante décadas, esa relación entre radio y Colón fue orgánica. Las instalaciones de Radio Municipal estuvieron ubicadas en los talleres del teatro, antes de su traslado en 1970 al Centro Cultural San Martín. La radio no reemplazaba la experiencia teatral, pero la ampliaba: permitía escuchar desde una casa, un café, una provincia o un sitio distante aquello que hasta entonces parecía reservado al espacio físico de la sala. En ese pasaje se modificó también el estatuto del oyente: quien no veía la escena podía, sin embargo, imaginarla.
Durante muchos años, además, las transmisiones radiales de ópera desde el Teatro Colón acompañaron de manera regular la vida de la temporada lírica. No se trataba de emisiones ocasionales ni de un gesto excepcional: para varias generaciones de oyentes, la temporada del Colón también se seguía por radio. Las transmisiones por AM, con su amplio alcance territorial, llegaban a todo el país y permitían que melómanos de distintas provincias escucharan funciones que de otro modo les habrían resultado inaccesibles. Esa dimensión federal de la radio fue decisiva: el Colón no era sólo el teatro de quienes podían ocupar una butaca en Buenos Aires, sino también una presencia sonora en hogares muy alejados de la sala.
La televisión llegó después con otra promesa: sumar imagen al sonido. Pero en el caso del Colón, esa historia fue menos sistemática que la radiofónica. El archivo audiovisual de Radio y Televisión Argentina conserva, por ejemplo, registros como Desde el Teatro Colón, una emisión de ATC fechada el 12 de julio de 1980, con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires interpretando el prólogo de Tannhäuser, de Richard Wagner, y páginas de Carlos López Buchardo. Es una prueba de que la pantalla televisiva tuvo su lugar, aunque no siempre con la continuidad ni la centralidad que sí tuvo la radio.
Con el tiempo, las transmisiones dejaron de ser sólo acontecimientos fugaces. El registro empezó a convertirse en patrimonio. La Heritage LIVE Collection del Teatro Colón recupera grabaciones históricas de enorme valor, entre ellas Carmen, de Georges Bizet, con Grace Bumbry, Jon Vickers y Robert Merrill bajo la dirección de Georges Prêtre en 1968; Tristán e Isolda, de Richard Wagner, con Birgit Nilsson y Jon Vickers en 1971; y conciertos de Aaron Copland, Benjamin Britten, Peter Pears, Aníbal Troilo y el Sexteto Tango. Allí la transmisión deja de ser sólo difusión y se vuelve memoria sonora.
El salto decisivo llegó con internet. En 2015, el Teatro Colón incorporó a su sitio una radio online de 24 horas y un sistema de transmisiones en vivo por streaming. La primera transmisión anunciada en esa etapa fue el concierto del 30 de julio de 2015 con Daniel Barenboim y Martha Argerich. La novedad no era menor: el contenido podía verse o escucharse desde computadoras, teléfonos y tabletas, de manera gratuita y sin restricción geográfica.
Desde entonces, el streaming cambió la escala del acceso. El oyente de 1927 necesitaba un receptor de radio; el espectador del siglo XXI necesita una conexión. Lo que antes era una emisión destinada a la ciudad se convirtió en una posibilidad global. Un argentino en el exterior, un estudiante de música, un melómano de otra provincia o alguien que nunca entró al Colón pueden acercarse a una función sin atravesar las puertas de Cerrito y Viamonte.
Pero ese avance también abrió una paradoja. Las transmisiones por internet son muy apreciadas por las generaciones que dominan con naturalidad esta tecnología, y ofrecen ventajas evidentes: imagen, sonido, disponibilidad en distintos dispositivos y alcance internacional. Sin embargo, no necesariamente reemplazan la amplitud democrática que tuvo durante décadas la radio AM. Hoy las transmisiones digitales suelen corresponder sólo a algunos espectáculos, no a la totalidad de las funciones, y su acceso exige conexión, dispositivos adecuados y cierta familiaridad con las plataformas. En ese cambio, muchos oyentes que antes seguían la temporada por radio pueden quedar, de hecho, fuera de la experiencia.
La experiencia del Colón se inscribe hoy en un fenómeno internacional mucho más amplio. Varios teatros de ópera desarrollaron plataformas estables para la transmisión en vivo y la difusión audiovisual de sus temporadas. El caso más conocido es el del Metropolitan Opera de Nueva York, cuya serie The Met: Live in HD lleva producciones en directo desde el escenario del Met a salas de cine de todo el mundo. También el Teatro Real de Madrid cuenta con My Opera, su plataforma audiovisual, que ofrece ópera, danza, conciertos y otros contenidos, además de emisiones vinculadas a su temporada. Estas experiencias permiten que funciones captadas en alta definición lleguen a públicos situados a miles de kilómetros de los grandes teatros.
Estas herramientas no sustituyen la experiencia de la sala, que sigue siendo irremplazable: la acústica, la presencia física de los intérpretes, la respiración común del público y el ritual teatral pertenecen a un ámbito que ninguna pantalla puede duplicar por completo. Pero sí amplían el acceso. Las transmisiones en cines permiten reunir a públicos de ciudades o regiones alejadas de los grandes teatros; las plataformas digitales acercan la ópera a quienes, por distancia, edad, salud, costo o disponibilidad, no pueden asistir a una función. Al mismo tiempo, cuando son gestionadas por los propios teatros o por plataformas institucionales, estas emisiones permiten ordenar la cuestión de los derechos de autor, los derechos de imagen y los derechos de los intérpretes dentro de marcos contractuales específicos. El problema no es la tecnología en sí, sino el modo en que se la usa: puede ser una herramienta de democratización cultural, siempre que no deje afuera a quienes antes accedían con mayor facilidad por medios más simples, como la radio.
En esa misma línea se ubican las proyecciones públicas en vivo o diferido que algunos festivales ofrecen como extensión de su programación. El Festival de Salzburgo, cuyas entradas pueden resultar inaccesibles para muchos espectadores, cuenta con las Siemens Fest>Spiel>Nächte, una iniciativa gratuita al aire libre en la Kapitelplatz. Allí se proyectan producciones del festival en una gran pantalla LED, con funciones de ópera, teatro y conciertos en el marco único del centro histórico de Salzburgo. Para 2026, la propuesta está anunciada entre julio y agosto, con entrada libre, como parte de una cooperación entre el Festival de Salzburgo, ORF Salzburg, Siemens Austria y Unitel.
Este tipo de iniciativas agrega otra dimensión al problema del acceso. No se trata sólo de llevar la ópera a una computadora personal o a una sala de cine, sino de convertir la transmisión en una experiencia urbana y colectiva. Quien no puede pagar una entrada, conseguir una localidad o entrar físicamente en el teatro, puede sin embargo compartir una noche de festival en una plaza. La función original conserva su aura dentro de la sala, pero su irradiación pública amplía el mapa de espectadores posibles.
También aparecieron nuevas formas de transmisión pública en Buenos Aires. En 2018, para celebrar los 110 años del actual edificio del Teatro Colón, Aida, de Giuseppe Verdi, fue transmitida en vivo en pantalla gigante desde la Plaza Vaticano y en distintos puntos del país, además de poder seguirse por streaming en la web del teatro. Más de 4.500 personas asistieron a la proyección gratuita al aire libre.
Esa experiencia marcó otro tipo de expansión: ya no sólo la casa individual, sino la comunidad reunida frente a una pantalla. En cierto modo, la plaza recuperaba algo del ritual colectivo de la sala, pero lo trasladaba al espacio público. La ópera, tantas veces acusada de arte distante o elitista, volvía a circular como acontecimiento compartido.
La pandemia aceleró todavía más esa transformación. Como ocurrió en teatros de todo el mundo, las plataformas digitales dejaron de ser un complemento y pasaron a convertirse, durante un tiempo, en la única sala posible. El Teatro Colón, que ya había creado en 2015 Colón Digital para emitir representaciones en streaming, recuperó y ordenó materiales en una nueva web con ópera, ballet, conciertos, funciones para niños, proyectos contemporáneos y grabaciones históricas.
La evolución, vista en perspectiva, es elocuente. En 1920, la radio argentina nació con Parsifal desde el Teatro Coliseo. En 1927, el Teatro Colón salió al aire con Rigoletto. En la segunda mitad del siglo XX, algunas de sus funciones y conciertos comenzaron a dejar huella sonora y audiovisual. En 2015, el teatro entró de lleno en la lógica del streaming. En 2018, la pantalla gigante convirtió la transmisión en celebración urbana. Y en los años de pandemia, el archivo digital se volvió no sólo una herramienta de difusión, sino una forma de supervivencia cultural.
El desafío actual es mayor que transmitir. Transmitir es emitir; preservar es garantizar que esa emisión no desaparezca. Pero también es necesario preguntarse a quiénes llega cada tecnología. La radio, con todas sus limitaciones técnicas, tuvo durante muchos años una capacidad de penetración social y territorial difícil de reemplazar. El streaming, con todas sus virtudes, corre el riesgo de convertirse en una puerta abierta sólo para quienes saben encontrarla.
La historia que empezó con Parsifal en 1920 y continuó con Rigoletto en 1927 no es entonces una simple anécdota tecnológica. Es el comienzo de una pregunta que sigue vigente: ¿cómo hacer que una función irrepetible llegue a más personas sin perder su valor artístico, documental y simbólico? El Teatro Colón, como tantos grandes teatros del mundo, ya no vive únicamente en la sala. Vive también en la memoria sonora, en la imagen recuperada, en la transmisión en directo, en la pantalla compartida y en el archivo digital que permitirá, mañana, volver a escuchar lo que una noche pareció destinado a desaparecer.
Víctor Fernández
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