Avanti a Lui

La Calisto en el Théâtre des Champs-Élysées: el deseo bajo todas sus formas

Bajo sus apariencias de refinamiento libertino, La Calisto de Francesco Cavalli no es solamente un elegante estuche barroco, sino una obra que se impone por las tensiones que asume. Retomada después de su paso por Aix-en-Provence, la producción de Jetske Mijnssen y Sébastien Daucé, lejos de un barroco entendido como ligereza o juego de metamorfosis, propone una exploración inquietante del deseo y de las formas de dominación.

Después de su celebrada presentación en el Festival d’Aix-en-Provence 2025, La Calisto, con puesta en escena de Jetske Mijnssen y dirección musical de Sébastien Daucé, encuentra en el Théâtre des Champs-Élysées un marco que afina sus líneas y revela sus tensiones. La crítica de Aix ya había subrayado la riqueza musical y la coherencia dramatúrgica de la producción, algo que la reposición parisina confirma.

El primer contacto desconcierta. La transposición a un siglo XVIII cercano al universo de Las amistades peligrosas, finamente realizada en la escenografía, el vestuario y los juegos escénicos, entra en cierto desfasaje con la música veneciana de mediados del siglo XVII. La dificultad no proviene del cambio de época, ya que el universo mitológico se presta a ello, sino del roce entre el imaginario del barroco musical y el de un mundo libertino codificado, socializado, casi mozartiano. Puede sentirse una disociación perceptiva, como si el oído y la mirada no compartieran el mismo objeto.

Pero esa resistencia se desvanece en la segunda parte, cuando la intensidad dramática se impone con evidencia: la acción se densifica, los personajes ganan complejidad y la ópera se desplaza hacia una modernidad perturbadora. El marco del siglo XVIII deja entonces de ser un filtro para convertirse en un revelador.

La lectura de Jetske Mijnssen ilumina ante todo una dramaturgia del deseo. Lejos de un barroco fundado en la yuxtaposición de registros, el espectáculo organiza una jerarquía de afectos en la que dominan la crueldad y el sufrimiento; luego la melancolía, la sensualidad y, finalmente, lo cómico como irrupción puntual, donde la risa nace de un desajuste o de una ironía dramática.

Esto resulta especialmente llamativo en Jupiter, encarnado por Milan Siljanov. Su presencia, a la vez seductora y opaca, no busca volver amable al personaje. Travestido como Diana, provoca menos comicidad que turbación: su gran estatura, su porte masculino bajo atributos femeninos y una vocalidad bastante impresionante en voz de cabeza, casi de contratenor, producen un efecto de extrañeza antes que de travestismo lúdico. Es una figura de poder cuya dominación se ejerce mediante la manipulación de los deseos.

La cuestión del consentimiento, tantas veces invocada a propósito de esta obra, no es aquí lo que podría suponerse, porque Calisto no “cede” ante Jupiter: es con Diana con quien cree vivir una relación erótica deseada y consentida. Lo que impacta es la manera frontal en que se aborda el deseo femenino, especialmente en su dimensión lésbica, inscrita en el corazón mismo del libreto de 1651. No es con un hombre, sino con un Jupiter transformado en Diana, es decir, con una mujer, que Calisto descubre el amor físico; y a esa verdad la puesta permanece fiel. El engaño constituye entonces una falsificación radical del objeto del deseo. Calisto consiente, pero consiente una ilusión. El abuso reside en el dominio que Jupiter ejerce sobre su percepción misma de la realidad, y la violencia de la situación aparece así con una fuerza todavía más extrema.

Lauranne Oliva encarna ese recorrido con notable intensidad. Su Calisto nunca es pasiva: su energía, sus emociones, su capacidad de abandono y su dolor se inscriben tanto en la voz como en el cuerpo. La escena de confrontación con Junon, interpretada de manera muy convincente por Anna Bonitatibus, y luego la revelación y la tortura que le sigue, alcanzan una dimensión casi insoportable. Desde esa perspectiva, el gesto final —la muerte de Jupiter— aparece como una necesidad dramatúrgica para resolver una tensión que la conclusión mitológica no lograba asumir.

El Endymion de Paul-Antoine Bénos-Djian, de timbre muy original, aporta un contrapunto de emoción en su relación con Diana, interpretada por Sun-Ly Pierce, rica en complejidad y ternura. Zachary Wilder, como Lymphée, supera el mero efecto cómico del travestismo para hacer existir un personaje frágil y humano. Los demás papeles también participan de esta cartografía del deseo, cada uno revelando una de sus facetas.

La dirección de Sébastien Daucé, al frente del Ensemble Correspondances, encuentra en el Théâtre des Champs-Élysées un marco casi ideal. La acústica realza una realización amplia, rica en colores. La continuidad entre recitativos y arias tiene una fluidez notable: la música alimenta la acción de manera permanente.

Esta producción revela otra forma de desorden distinta de la habitualmente asociada al barroco: no ya la de las máquinas y las metamorfosis, sino la de los cuerpos, los afectos y las relaciones de poder. Es una Calisto perturbadora que, al desplazar la cuestión del consentimiento hacia la de la dominación y la complejidad del deseo, propone una lectura apasionante.

Ficha de la función
París, Théâtre des Champs-Élysées, 4 de mayo de 2026
Francesco Cavalli (1602-1676): La Calisto
Dramma per musica en un prólogo y tres actos
Libreto de Giovanni Faustini
Puesta en escena: Jetske Mijnssen
Escenografía: Julia Katharina Berndt
Vestuario: Hannah Clark
Iluminación: Matthew Richardson
Coreografía: Dustin Klein
Dramaturgia: Kathrin Brunner
Intérpretes: Lauranne Oliva, Paul-Antoine Bénos-Djian, Milan Siljanov, Anna Bonitatibus, Sun-Ly Pierce, Zachary Wilder, Petr Nekoranec, Dominic Sedgwick, Paul Figuier, José Coca Loza
Ensemble Correspondances
Dirección musical: Sébastien Daucé

Créditos:
Texto basado en la crítica La Calisto au Théâtre des Champs-Élysées : le désir sous toutes ses formes, de Jean-Pierre Sicard, publicada en ResMusica el 6 de mayo de 2026.
Crédito fotográfico: © Monika Rittershaus

Víctor Fernández
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