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Met Gala y ópera: cuando el vestido se convierte en dramaturgia
 
La gran celebración neoyorquina de la moda no pertenece al Metropolitan Opera, sino al Metropolitan Museum of Art. Sin embargo, su teatralidad, su culto al cuerpo vestido y su condición de ceremonia visual permiten tender un puente fecundo con el universo lírico.
 
La Met Gala 2026, que tendrá lugar el lunes 4 de mayo en Nueva York, vuelve a ofrecer una ocasión ideal para pensar la relación entre moda, arte y espectáculo. Conviene comenzar por una aclaración necesaria: la gala no pertenece al Metropolitan Opera, sino al Metropolitan Museum of Art, y funciona como beneficio anual del Costume Institute. Pero la coincidencia del nombre abre una asociación tentadora. Porque, más allá de la institución que la organiza, la Met Gala comparte con la ópera algo esencial: la conciencia de que una aparición pública puede ser también una escena, y de que un traje puede convertirse en lenguaje. La edición de 2026 estará vinculada con la exposición Costume Art, que se verá en The Met Fifth Avenue del 10 de mayo de 2026 al 10 de enero de 2027; el código de vestimenta anunciado para la gala es Fashion is Art.
 
Ese lema, “la moda es arte”, podría trasladarse sin esfuerzo al teatro lírico. En la ópera, el vestuario no es una cuestión decorativa. No se limita a vestir al cantante ni a embellecer la escena: define jerarquías, delata conflictos sociales, revela deseos, oculta culpas, anticipa destinos. Antes incluso de que un personaje cante, su presencia visual ya nos ha dado una información decisiva. Violetta Valéry no entra al mundo de La traviata de Giuseppe Verdi solamente como una voz de soprano, sino como una figura social; Tosca no es solo una mujer enamorada, sino una diva que entiende el poder de su propia imagen; Salomé no es únicamente una adolescente caprichosa, sino una criatura escénica cuya sensualidad se articula también desde el velo, la piel y la mirada.
 
La exposición Costume Art parte justamente de esa idea: el “cuerpo vestido” como centro de una reflexión artística. Según The Met, la muestra reunirá cerca de 400 objetos y pondrá en diálogo prendas del Costume Institute con pinturas, esculturas y otras obras de la colección del museo, para explorar la relación entre indumentaria, cuerpo e historia del arte. La propuesta no podría ser más cercana al pensamiento escénico de la ópera, donde el cuerpo del cantante es, al mismo tiempo, instrumento musical, presencia teatral y soporte de una imagen.
 
La ópera, desde sus orígenes, ha sido una de las formas más complejas de integración artística. Música, poesía, arquitectura, pintura, danza, iluminación, maquinaria teatral y vestuario confluyen en una experiencia única. En ese sentido, la moda no llega a la ópera desde afuera: siempre estuvo allí. El traje de escena es una partitura paralela, una línea dramática que se lee con los ojos mientras la voz desarrolla su propio discurso. El Victoria and Albert Museum, cuya colección documenta cuatro siglos de historia operística a través de trajes, accesorios, diseños escénicos, grabados, fotografías y partituras, subraya precisamente esa amplitud material de la ópera como arte escénico total.
 
Algunos ejemplos históricos muestran hasta qué punto el vestuario puede fijar una interpretación. El V&A recuerda, entre otros casos, el manto utilizado por Feodor Chaliapin en la escena de la coronación de Boris Godunov, probablemente durante la temporada de ópera rusa organizada por Sergei Diaghilev en París en 1909. Diseñado por Alexander Golovin a partir de fuentes históricas, aquel traje no era un simple ornamento de lujo: construía visualmente la idea del poder zarista, de su peso ceremonial y de su grandeza opresiva.
 
Desde esa perspectiva, la Met Gala puede verse como una especie de teatro sin partitura. Sus protagonistas suben una escalera como si hicieran una entrada escénica; cada aparición propone un personaje; cada silueta busca producir un golpe de efecto; cada elección de vestuario aspira a ser comentada, interpretada, aprobada o discutida. Hay ritual, jerarquía, expectativa, sorpresa, crítica y memoria. Todo ello pertenece también al vocabulario de la ópera. La diferencia, claro, es decisiva: en la alfombra roja la imagen suele agotarse en la aparición; en la ópera, en cambio, el traje debe sobrevivir al tiempo dramático, acompañar una transformación interior y dialogar con la música.
 
La relación entre alta moda y escena lírica ha tenido además momentos especialmente visibles. Uno de los casos recientes más elocuentes fue la producción de La traviata del Teatro dell’Opera di Roma creada por Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti, con dirección escénica de Sofia Coppola. Allí el vestuario estuvo a cargo de Valentino Garavani, Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli. La elección no era caprichosa: La traviata es, entre otras muchas cosas, una ópera sobre la apariencia social, el lujo, el cuerpo expuesto y el precio moral que una mujer paga por no encajar en las convenciones de su tiempo.
 
En esa misma línea puede recordarse a Yves Saint Laurent, cuya relación con la escena fue intensa. En 1965 diseñó el vestuario del ballet Notre-Dame de Paris de Roland Petit, estrenado en el Palais Garnier, con música de Maurice Jarre y escenografía de René Allio. Años más tarde, en 1976, presentó su célebre colección Opéras - Ballets russes, inspirada en los Ballets Rusos, Léon Bakst, la Rusia zarista y la Rusia imaginada por las óperas. El propio museo Yves Saint Laurent describe aquella colección como un verdadero espectáculo, construido con colores brillantes y textiles suntuosos.
 
La ópera y la moda comparten, entonces, una pregunta central: ¿qué dice un cuerpo cuando se viste? En La traviata, el traje puede hablar de deseo, dinero y exclusión. En Tosca, de Giacomo Puccini, puede expresar devoción, teatralidad y violencia política. En Carmen, de Georges Bizet, puede construir una idea de libertad peligrosa. En Turandot, también de Puccini, puede convertir a una princesa en emblema, en máscara y en enigma. En Der Rosenkavalier, de Richard Strauss, puede revelar el paso del tiempo, el privilegio aristocrático y la melancolía de una clase que se mira a sí misma mientras desaparece.
 
Por eso, relacionar la Met Gala con la ópera no es forzar un vínculo superficial entre celebridades y divas. Es advertir que ambas pertenecen a una larga historia de apariciones rituales. La alfombra roja es el espacio donde la moda se vuelve espectáculo; el escenario lírico es el espacio donde el espectáculo convierte la moda en dramaturgia. En la primera, el vestido busca una imagen inolvidable. En la segunda, el vestido debe ayudar a contar una vida.
 
Quizás allí resida la diferencia más profunda. La Met Gala celebra el instante: la llegada, la fotografía, el impacto visual. La ópera, en cambio, convierte ese instante en destino. Una capa, una corona, una túnica, un vestido de fiesta, un uniforme o un velo pueden ser hermosos; pero en el teatro lírico, además, deben cantar con el personaje. No emiten sonido, pero participan de la música. No tienen texto, pero dicen. No respiran, pero acompañan el aliento del cantante.
 
La Met Gala 2026, con su invitación a pensar que la moda es arte, permite recordar algo que la ópera sabe desde hace siglos: vestir un cuerpo es también escribir una escena. Y cuando ese cuerpo canta, el traje deja de ser apariencia para convertirse en memoria teatral.
 
Víctor Fernández
 
 
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