Avanti a Lui

La ópera también trabaja

En vísperas del 1º de mayo, un recorrido por títulos líricos en los que fábricas, talleres, barcos, minas, oficios, artistas, sirvientes y comunidades laborales ocupan un lugar decisivo en la trama.
 
La ópera nació, en buena medida, mirando hacia los dioses, los héroes antiguos, los reyes, los mitos y las pasiones de grandes personajes. Pero con el paso del tiempo también aprendió a mirar hacia abajo: hacia las cocinas, las fábricas, los talleres, los puertos, los barcos, las minas, las calles, los teatros ambulantes y las habitaciones pobres donde el trabajo, la necesidad y la supervivencia determinan la vida de los personajes.
 
En vísperas del 1º de mayo, Día del Trabajo, ese costado del repertorio permite trazar un recorrido distinto por la historia de la ópera. No se trata solo de buscar obras “obreras” en sentido estricto, sino de observar cómo el mundo laboral aparece en la escena lírica: como oficio, como profesión, como identidad social, como explotación, como dignidad, como herencia familiar o como forma de pertenencia a una comunidad.
 
Uno de los ejemplos más visibles es Carmen, de Georges Bizet. La protagonista no es una princesa ni una dama aristocrática, sino una trabajadora de la fábrica de cigarrillos de Sevilla. El primer acto instala desde el comienzo un universo femenino, popular y laboral, en el que las cigarreras salen de la fábrica ante la mirada de los soldados y de la gente de la ciudad. Carmen es libre, provocadora y desafiante, pero también pertenece a un mundo de trabajo manual, de horarios, de vigilancia y de tensiones sociales. La fábrica no es un simple decorado: es el espacio donde se define su carácter y donde comienza el conflicto.
 
En Il tabarro, de Giacomo Puccini, el trabajo aparece con una aspereza todavía mayor. La acción se desarrolla en una barcaza sobre el Sena, entre cargadores, marineros y trabajadores fluviales. El mundo de Michele, Giorgetta y Luigi es el del esfuerzo físico, el cansancio, la pobreza, el encierro y los deseos frustrados. Puccini convierte el ambiente portuario en una atmósfera moral: la barcaza no solo transporta mercancías, también arrastra vidas gastadas por el trabajo, la rutina y la imposibilidad de escapar.
 
También Puccini hizo del trabajo minero uno de los ejes de La fanciulla del West. En esa ópera, los buscadores de oro de California forman una comunidad masculina de trabajadores solitarios, lejos de sus hogares, marcados por la rudeza de la vida cotidiana y por una nostalgia que la música vuelve profundamente humana. Minnie, al frente de la taberna, es el centro emocional de ese mundo: no trabaja en una mina, pero sostiene simbólicamente a quienes sí lo hacen. La ópera muestra una sociedad nacida del esfuerzo, la aventura, el riesgo y la precariedad.
 
El trabajo artesanal ocupa un lugar central en Die Meistersinger von Nürnberg, de Richard Wagner. Allí los maestros cantores son, al mismo tiempo, artistas y trabajadores. Hans Sachs es zapatero; otros pertenecen a distintos oficios urbanos organizados en gremios. La ópera celebra una idea muy particular de comunidad: el arte no aparece separado del oficio, sino nacido de una cultura artesanal, reglada, colectiva y transmitida de generación en generación. Wagner convierte el taller, el gremio y la plaza pública en espacios donde se discuten tradición, innovación y pertenencia.
 
En esa misma línea, aunque con otro tono, debería incluirse Benvenuto Cellini, de Hector Berlioz. La ópera presenta al célebre orfebre y escultor florentino no solo como artista inspirado, sino como trabajador del metal, de la fragua, del taller y de la fundición. La creación de la estatua de Perseo implica encargos, plazos, ayudantes, rivalidades, presiones políticas y riesgo técnico. En Berlioz, la inspiración artística no flota en el aire: tiene peso, fuego, materia, sudor y metal derretido.
 
El mundo del servicio doméstico, por su parte, tiene una de sus grandes obras en Le nozze di Figaro, de Wolfgang Amadeus Mozart. Figaro y Susanna no son personajes secundarios al servicio de los nobles: son el corazón inteligente de la obra. La ópera convierte a dos empleados en motores de la intriga y en representantes de una nueva conciencia social. Frente al poder del Conde, los criados no responden con sumisión, sino con astucia, estrategia y lucidez. El trabajo subordinado se vuelve, así, espacio de resistencia.
 
En Il barbiere di Siviglia, de Gioachino Rossini, Figaro reaparece como barbero, oficio urbano por excelencia. Su trabajo le permite entrar y salir de las casas, conocer secretos, conectar clases sociales y mover los hilos de la comedia. Es un trabajador independiente, dueño de su habilidad, de su palabra y de su ingenio. Su célebre entrada no es solo una presentación cómica: es casi un manifiesto de orgullo profesional.
 
El trabajo artístico también aparece con frecuencia en la ópera, pero no siempre envuelto en brillo. En La bohème, de Giacomo Puccini, los protagonistas son jóvenes creadores pobres: un poeta, un pintor, un músico, un filósofo, una bordadora. La obra no idealiza del todo la bohemia: muestra el frío, las deudas, la enfermedad, la fragilidad económica y la precariedad de quienes intentan vivir del arte o del trabajo manual. Mimì, bordadora, es quizá la figura más conmovedora de ese universo: su oficio delicado contrasta con la dureza de su destino.
 
En I pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, el trabajo escénico adquiere una dimensión trágica. Los personajes integran una compañía ambulante que vive de representar comedias populares. Viajan, anuncian la función, montan el espectáculo y actúan ante el público. Pero la frontera entre trabajo teatral y vida privada se rompe brutalmente. La famosa frase final, “La commedia è finita”, puede leerse también como el derrumbe de una profesión que exige seguir actuando aun cuando la existencia personal se desmorona.
 
La comunidad pesquera está en el centro de Peter Grimes, de Benjamin Britten. La ópera no trata solo de un pescador aislado y perseguido, sino de una sociedad entera definida por el mar, la dureza del trabajo, la sospecha colectiva y los mecanismos de exclusión. El oficio de Grimes lo vincula con una tradición comunitaria, pero también lo separa de ella. El mar, fuente de sustento, se convierte en amenaza, destino y tribunal.
 
En Billy Budd, también de Benjamin Britten, el espacio laboral es el barco de guerra. Allí el trabajo está atravesado por disciplina, jerarquía, obediencia y vida colectiva. La tripulación vive sometida a normas estrictas, a tareas compartidas y a una estructura de mando que no deja margen para la libertad individual. El trabajo naval aparece inseparable del poder militar.
 
La explotación y la pobreza alcanzan una expresión extrema en Wozzeck, de Alban Berg. Wozzeck es soldado, pero también un hombre pobre sometido a humillaciones, trabajos serviles y experimentos médicos. No posee control sobre su tiempo, su cuerpo ni su destino. La ópera muestra de manera brutal cómo la necesidad económica puede destruir la dignidad humana. En este caso, el trabajo no redime: aplasta.
 
El mundo rural también tiene sus oficios y jerarquías. En L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti, Nemorino es un campesino pobre y Adina una propietaria rural. La comedia amorosa se apoya sobre una diferencia social concreta: quien trabaja la tierra y quien la posee no están en el mismo lugar. En La sonnambula, de Vincenzo Bellini, la aldea, el molino y la posada construyen un universo laboral más idílico, donde el trabajo aparece como parte de una comunidad ordenada.
 
En Jen?fa, de Leos Janácek, el molino y la vida campesina no son un fondo pintoresco, sino el tejido moral de una sociedad cerrada. El trabajo rural, la reputación, la familia y la religión se combinan para crear una presión colectiva que pesa sobre los personajes. Janácek muestra cómo el mundo del trabajo comunitario puede ser también un mundo de vigilancia y juicio.
 
El siglo XX incorporó con mayor fuerza la conciencia social y política. Intolleranza 1960, de Luigi Nono, sitúa en el centro la figura del emigrante, del trabajador desplazado, de quien busca una vida digna en medio de la violencia, la represión y la intolerancia. The Cradle Will Rock, de Marc Blitzstein, aborda de manera directa la corrupción, el poder económico y la organización de los trabajadores, y se convirtió en una obra emblemática del teatro musical estadounidense de contenido sindical. Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny (Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny), de Kurt Weill y Bertolt Brecht, no habla del trabajo como oficio, sino de una sociedad en la que todo se compra, se vende y se consume hasta la destrucción.
 
Incluso en óperas donde el trabajo no parece el tema central, las profesiones definen identidades. En Andrea Chénier, de Umberto Giordano, la Revolución Francesa enfrenta aristocracia, servidumbre y pueblo. En Porgy and Bess, de George Gershwin, aparecen pescadores, vendedores, trabajadores informales y una comunidad afroamericana atravesada por la precariedad y la solidaridad. En Lady Macbeth de Mtsensk, de Dmitri Shostakovich, el mundo de comerciantes, criados y empleados rurales crea una atmósfera de opresión económica, sexual y social.
 
Visto desde esta perspectiva, el repertorio lírico puede leerse como una vasta galería de oficios: cigarreras, barberos, criados, zapateros, escultores, mineros, pescadores, marineros, artistas ambulantes, poetas pobres, bordadoras, campesinos, soldados, obreros, comerciantes, músicos y trabajadores desplazados. Cada uno trae consigo una manera de habitar el mundo, una relación con el poder y una forma de conflicto.
 
El 1º de mayo invita, entonces, a escuchar la ópera desde otro lugar. No solo desde las grandes arias de amor, celos o muerte, sino desde las condiciones materiales que rodean a los personajes. Detrás de muchas pasiones líricas hay también una pregunta social: quién trabaja, para quién trabaja, cuánto vale ese trabajo y qué ocurre cuando la dignidad de una persona queda sometida a la necesidad, al abuso o a la desigualdad.
 
La ópera, que tantas veces pareció hablar de reyes y heroínas, también supo hablar de quienes cargan, cosen, funden, navegan, cantan, limpian, sirven, pescan, actúan, componen o sobreviven. Y quizá por eso sigue siendo un arte tan poderoso: porque incluso cuando se eleva hacia lo mítico, nunca deja de escuchar el pulso concreto de la vida humana.
 
Víctor Fernández
 
 
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