Avanti a Lui

Turandot llega al Teatro Avenida con María Castillo de Lima: Puccini, el centenario y una protagonista que abre nuevos caminos
 
A cien años de su estreno mundial en La Scala de Milán, Turandot, la última ópera de Giacomo Puccini, subirá a escena en el Teatro Avenida con una lectura que une tradición lírica, potencia dramática y una señal de apertura hacia nuevas formas de representación dentro del mundo operístico. Las funciones tendrán lugar el viernes 26 y sábado 27 de junio, y el sábado 4 de julio, a las 20.00, en la sala de Av. de Mayo 1222, con producción de Clásica del Sur y Sol Producciones S.R.L.
 
El acontecimiento adquiere una dimensión singular por la presencia de María Castillo de Lima en el papel protagónico. La soprano nacida en San Pablo, Brasil, e integrante desde 2020 del Coro Estable del Teatro Colón, será presentada como la primera soprano trans en interpretar a la princesa Turandot, una parte considerada entre las más exigentes del repertorio para soprano dramática. No se trata solamente de una novedad de cartel, sino de un hecho que interpela la historia misma de la escena lírica: un arte largamente asociado a tradiciones, jerarquías vocales y códigos heredados se abre aquí a una figura que hizo de su trayectoria personal y artística una afirmación de identidad, estudio y perseverancia.
 
La biografía de María Castillo de Lima agrega profundidad a esta presentación. Formó parte del International Opera Studio del Teatro Argentino de La Plata, fue solista en la temporada 2009/2010 de ese teatro y cantó en su Coro Estable. En su recorrido como solista abordó títulos de gran compromiso vocal como Anna Bolena, Maria Stuarda y Norma, además de partes principales de Il trovatore, Tosca, Nabucco, Adriana Lecouvreur y Andrea Chenier. En el Teatro Colón interpretó el papel de La madre en Madama Butterfly y, desde 2020, forma parte de su Coro Estable. Su reconocimiento público se consolidó también por haber sido la primera persona trans en lograr un cambio de estatutos dentro del Teatro Colón en relación con el cambio de cuerda vocal, y en 2019 fue distinguida como Personalidad Destacada de la Cultura por el Concejo Deliberante de La Plata.
 
Ese recorrido permite comprender por qué su llegada a Turandot no debe leerse solo en clave de representación simbólica. La princesa de Puccini exige una vocalidad de acero, proyección sobre grandes masas corales y orquestales, resistencia física y una presencia escénica capaz de sostener una figura casi mítica. Turandot no es un personaje de intimidad inmediata: aparece como imagen de poder, de herida heredada, de crueldad ritualizada y, finalmente, de transformación. En esa evolución, la elección de María Castillo de Lima adquiere un sentido particular: su propia historia artística, marcada por el pasaje, la afirmación y la conquista de un lugar en un ámbito muchas veces conservador, dialoga con una ópera donde el nombre, la identidad y el reconocimiento tienen un peso dramático decisivo.
 
Turandot fue estrenada en La Scala de Milán el 25 de abril de 1926, bajo la dirección de Arturo Toscanini, casi un año y medio después de la muerte de Puccini. El compositor había fallecido en Bruselas el 29 de noviembre de 1924 sin completar la partitura; Franco Alfano preparó el final a partir de los apuntes dejados por el maestro. La primera función quedó inscripta en la leyenda porque Toscanini detuvo la ejecución en la muerte de Liù, en el último compás completado por Puccini, gesto que La Scala recuerda como parte de su propia historia.
 
Buenos Aires recibió la obra con una rapidez extraordinaria: exactamente dos meses después del estreno mundial, el 25 de junio de 1926, Turandot se escuchó en el Teatro Colón bajo la dirección de Gino Marinuzzi, con Claudia Muzio, Rosetta Pampanini y Giacomo Lauri-Volpi en las partes principales. Ese dato confirma la temprana inserción de la capital argentina en el circuito internacional de la ópera y otorga a estas funciones de 2026 una resonancia doble: el centenario de La Scala y el centenario de la llegada porteña de la partitura.
 
La obra ocupa un lugar excepcional en el catálogo pucciniano. Con libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, inspirado en Carlo Gozzi, Turandot lleva al extremo la capacidad del compositor para fundir melodía, teatro y color orquestal. Pero ya no se trata del intimismo de La boheme, de la tensión política y religiosa de Tosca o del refinamiento doloroso de Madama Butterfly. Aquí Puccini explora una sonoridad más áspera, monumental y moderna, con grandes coros, ritmos incisivos, disonancias, escalas orientales estilizadas y un sentido ceremonial que convierte a la ciudad de Pekín en un inmenso espacio de miedo, fascinación y deseo. El propio Teatro Colón señala en su material histórico que la obra implica una ampliación del lenguaje pucciniano hacia nuevos territorios, con procedimientos armónicos y dramáticos cercanos por momentos a la modernidad musical europea de comienzos del siglo XX.
 
La trama se desarrolla en una China legendaria. La princesa Turandot, marcada por la memoria de su antepasada Lou-Ling, violentada y asesinada por un extranjero, ha convertido su rechazo al matrimonio en una ley de sangre: cada pretendiente debe responder tres enigmas, y quien fracasa es condenado a muerte. A ese mundo llega Calaf, príncipe exiliado, que se reencuentra con su padre Timur y con Liù, la esclava que lo ama en silencio. Fascinado por la princesa, Calaf acepta el desafío, vence los enigmas y, ante la resistencia de Turandot, le propone una prueba inversa: si ella descubre su nombre antes del amanecer, él morirá.
 
De ese clima nocturno surge Nessun dorma, el aria que llevó la ópera mucho más allá del público especializado y que, en la voz de intérpretes como Luciano Pavarotti, se convirtió en una de las páginas más reconocibles de todo el repertorio lírico. Pero el verdadero centro emocional de la obra no se agota en el triunfo de Calaf: está también en Liù, cuya entrega silenciosa y sacrificio final conmueven el universo brutal que la rodea y preparan la transformación de Turandot. La ópera, así, puede leerse como un viaje desde la violencia heredada hacia una forma posible de redención.
 
En el Teatro Avenida, el reparto anunciado reúne a María Castillo de Lima como Turandot, Fabricio Gori y Martín Fernández como Calaf, Eugenia Coronel Bugnon como Liù, Bruno Santoro Sciaini y Franco Gómez Acuña como Timur, y Miguel Balea, Jerónimo Vargas Gómez, Marcelo Reynes y Mauro Luna en las partes de Ping, Pang y Pong. La dirección escénica estará a cargo de Gabriel Villalba, mientras que César Tello asumirá la preparación de coro, solistas y dirección orquestal.
 
La presencia de César Tello y Gabriel Villalba enlaza esta Turandot con un trabajo sostenido en la recuperación de títulos centrales del repertorio en el Teatro Avenida. Ambos ya habían coincidido allí en producciones como Carmen, presentada por Clásica del Sur y Sol Producciones, con dirección musical de Tello y dirección escénica de Villalba. Clásica del Sur, creada en 2011, se define como una compañía dedicada a crear, organizar, y producir conciertos, con el propósito de promover y difundir la actividad lírica y las artes en la Argentina, América y el mundo.
 
También el Teatro Avenida aporta un marco especialmente significativo. Inaugurado el 3 de octubre de 1908 con la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, es una de las salas porteñas más antiguas aún en actividad y una de los teatros de ópera más prestigiosas del país. Su historia está profundamente ligada a la Avenida de Mayo, a la tradición teatral española, a la zarzuela, al flamenco, al teatro y a la lírica. La propia sala destaca su acústica, favorecida por la forma de herradura, el cortinado, las paredes, los pisos y las butacas, como uno de los elementos que la hacen especialmente adecuada para la ópera y el concierto.
 
En ese contexto, esta Turandot parece reunir varios planos de lectura. Por un lado, la celebración de una obra decisiva del siglo XX operístico, nacida como testamento inconcluso de Puccini y convertida en emblema de espectacularidad teatral. Por otro, la continuidad de una tradición porteña que escuchó la ópera apenas dos meses después de Milán. Y, finalmente, la aparición de una protagonista cuya trayectoria personal no se superpone artificialmente a la obra, sino que dialoga con ella desde una zona profunda: la afirmación de una identidad, la conquista de un nombre, la tensión entre mandato y libertad, y la posibilidad de que el amor, la belleza y el arte abran espacios donde antes parecía haber solo condena.
 
 
Víctor Fernández
 
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