Avanti a Lui
Wayne McGregor y la búsqueda de una nueva intimidad: Alchemies, el programa con el que el Royal Ballet vuelve a medir a su coreógrafo más inquieto
El Royal Opera House presenta hasta el 6 de mayo un tríptico enteramente consagrado a Wayne McGregor que, entre reposiciones recientes y un estreno mundial, vuelve a poner en primer plano a una de las figuras más decisivas de la danza británica actual. El centro de atracción es Quantum Souls, nueva creación del coreógrafo, pero la verdadera noticia es quizá otra: parte de la crítica cree ver en Alchemies una faceta más humana, más emotiva y menos cerebral de un artista al que durante años se le reprochó justamente lo contrario.
El programa se ofrece en el Royal Opera House del 18 de abril al 6 de mayo de 2026 y reúne tres piezas: Untitled, 2023, Yugen y el estreno mundial de Quantum Souls. La función dura aproximadamente 2 horas y 45 minutos, con dos intervalos, y forma parte de la temporada 2025/26 del Royal Ballet, en la que el teatro había anunciado Alchemies como un programa de “poesía y fuerza” centrado en la imaginación incesante y el espíritu colaborativo de McGregor.
La ocasión tiene además un valor institucional muy claro. Wayne McGregor es Resident Choreographer del Royal Ballet desde 2006, y fue el primer coreógrafo procedente de una formación contemporánea en ocupar ese puesto dentro de la compañía. Ese dato no es menor: durante dos décadas, McGregor ha funcionado dentro del Royal Ballet como una fuerza de expansión del lenguaje clásico, abriendo el repertorio a una fisicalidad más extrema, a colaboraciones con artistas visuales, científicos y diseñadores, y a una relación con la música que rara vez busca el confort del ballet narrativo tradicional.
En ese contexto, Alchemies aparece casi como una pequeña síntesis de su trayectoria reciente. Untitled, 2023 nace de la colaboración con la gran artista minimalista Carmen Herrera, que realizó para McGregor sus primeros y únicos diseños escénicos, y se apoya en una música de Anna Thorvaldsdottir que el Royal Opera House describe en términos de ferocidad y desolación. Yugen, por su parte, se presenta como una respuesta poética a los Chichester Psalms de Leonard Bernstein y suma la presencia visual del ceramista y artista Edmund de Waal. Finalmente, Quantum Souls introduce un nuevo universo sonoro y visual, con música de la compositora Bushra El-Turk, vestuario del diseñador Saul Nash y luces de Lucy Carter, colaboradora habitual del coreógrafo.
Si hay una palabra que la cobertura periodística ha repetido con insistencia, esa palabra es emoción. The Guardian sostuvo que Alchemies muestra el trabajo “más humano y emotivo” de McGregor hasta la fecha, precisamente porque el tríptico parece responder a una vieja objeción crítica: la idea de que su danza, tan brillante en su invención formal, podía resultar fría o demasiado cerebral. En la lectura del diario británico, Untitled, 2023 aparece como una obra de gran disciplina expresiva; Yugen, como un espacio de lirismo y suspensión; y Quantum Souls, como un final orgánico, impredecible y vital, impulsado por la energía rítmica de la percusión en vivo.
No toda la prensa, sin embargo, ha coincidido en ese entusiasmo. The Times ofreció una valoración más desigual: reconoció la solidez de Untitled, 2023, destacó en Yugen una profundidad emocional poco habitual en McGregor y elogió la calidad del elenco, pero juzgó Quantum Souls como la parte más débil del tríptico, cuestionando tanto el resultado coreográfico como algunos de sus elementos visuales y musicales. Esa divergencia crítica es, en sí misma, reveladora. Sugiere que el verdadero interés de Alchemies no reside sólo en su calidad homogénea, sino en la posibilidad de volver a discutir qué se espera hoy de McGregor: si una radicalización del experimento, una depuración más poética o una síntesis nueva entre rigor y sensibilidad.
La pieza más nueva, naturalmente, es la que concentra la mayor atención. EL Royal Opera House presenta Quantum Souls como un ballet impulsado por la partitura Ka de Bushra El-Turk, “conducido” por sus ritmos percusivos y realizado en vivo por la percusionista Beibei Wang y el contrabajista Tony Hougham, junto a la orquesta del teatro. En la función inaugural del 18 de abril, el elenco incluyó, entre otros, a William Bracewell, Melissa Hamilton, Lukas B. Brændsrød, Joseph Sissens y Nadia Mullova-Barley. La presencia de Wang no es un detalle accesorio: buena parte de la prensa ha subrayado que la existencia de la percusión en escena aporta al ballet una energía casi arquitectónica, como si el sonido construyera el espacio al mismo tiempo que lo hace el movimiento.
Pero quizá el aspecto más sugerente de Quantum Souls esté en la renuncia, al menos parcial, a ciertos signos de espectacularidad tecnológica con los que McGregor suele ser asociado. En una entrevista reciente, el coreógrafo explicó que aquí quería hacer algo “muy puro”, sin tecnología en escena, apoyado ante todo en la relación entre música y danza. Esa observación importa porque ayuda a leer el programa completo de otra manera: no como una exhibición de recursos, sino como una tentativa de condensación. De ahí también que algunos críticos hayan percibido en Alchemies una inflexión, una voluntad de despojar sin empobrecer.
Las otras dos piezas funcionan, en ese sentido, como espejos complementarios. Untitled, 2023 pone en relación la abstracción severa de Herrera con la densidad sonora de Thorvaldsdottir, y en el reparto inaugural reunió a un amplio conjunto de intérpretes, entre ellos Fumi Kaneko, William Bracewell, Melissa Hamilton, Anna Rose O’Sullivan y Joseph Sissens. Yugen, en cambio, trabaja con el espesor espiritual de Bernstein y con un diseño escénico de Edmund de Waal que le da al movimiento una dimensión casi arquitectónica. El propio elenco oficial recuerda, además, un dato importante sobre la partitura: los Chichester Psalms fueron encargados a Bernstein en 1965 por el deán de la catedral de Chichester y están escritos sobre textos hebreos. No es un detalle menor, porque refuerza la singularidad de una obra donde McGregor dialoga no sólo con la música, sino con una densidad textual y simbólica poco frecuente dentro del ballet abstracto.
Desde un punto de vista histórico, Alchemies tiene también valor como balance de época. A veinte años de su llegada al Royal Ballet, McGregor ya no necesita demostrar que puede tensionar el lenguaje clásico: eso es un hecho admitido. La pregunta parece ser otra: si puede, además, abrir dentro de ese lenguaje un espacio de vulnerabilidad y de emoción que no contradiga su inteligencia formal. The Guardian cree que sí y presenta el tríptico como una respuesta contundente a quienes lo tildaban de glacial. The Times, más reservado, concede esa humanidad sobre todo a Yugen y no tanto al estreno. Entre una y otra mirada, lo cierto es que Alchemies vuelve a situar a McGregor en el lugar que mejor conoce: el de coreógrafo sobre el que todavía vale la pena discutir.
En definitiva, la importancia de este programa no depende sólo de Quantum Souls, aunque el estreno sea su anzuelo natural. Depende de que el Royal Ballet haya decidido presentar a McGregor no mediante una retrospectiva museística, sino a través de un tríptico vivo, inestable y debatible, donde conviven el músculo abstracto, la dimensión espiritual y la nueva creación. Hasta el 6 de mayo, Covent Garden ofrece así algo más que un programa de danza contemporánea dentro de una gran compañía clásica: ofrece una nueva oportunidad para medir a uno de los artistas que más ha hecho por cambiar la respiración del ballet británico en lo que va del siglo.
Víctor Fernández
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