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Royal Ballet and Opera 2026/27: entre la tradición y la reinvención, una temporada que piensa el presente desde el escenario
 
En tiempos de incertidumbre global, pocas instituciones parecen tan decididas a reafirmar el sentido contemporáneo de las artes escénicas como el Royal Ballet and Opera. La temporada 2026/27, recientemente anunciada, no solo despliega un impresionante abanico de títulos -desde los pilares del repertorio hasta nuevas creaciones-, sino que propone una lectura estética y conceptual en la que el pasado se resignifica a la luz de las tensiones del presente.
 
El eje de la programación parece claro: revisitar las grandes obras no como piezas de museo, sino como dispositivos vivos, capaces de dialogar con las inquietudes actuales. En ese sentido, las nuevas producciones operísticas funcionan como auténticos núcleos de sentido. La elección de Parsifal, por ejemplo, no es inocente: la obra final de Wagner, atravesada por la idea de redención en un mundo en ruinas, encuentra en la lectura distópica de Evgeny Titov una resonancia contemporánea que intensifica su carácter visionario. Bajo la dirección musical de Jakub Hrusa, la obra promete una experiencia en la que lo espiritual se entrelaza con lo político.
 
Del mismo modo, la culminación del ciclo del Ring con Gotterdammerung, en la ya consolidada visión escénica de Barrie Kosky, se erige como uno de los grandes hitos de la temporada. En un contexto escénico contemporáneo y onírico, el ocaso de los dioses se transforma en una metáfora de crisis sistémica, amplificada por la dirección de Antonio Pappano y un elenco de primer nivel. Aquí, la monumentalidad wagneriana deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en espejo de un mundo en transformación.
 
La presencia de Mozart, por su parte, articula otro eje fundamental: el de la fragilidad de los vínculos humanos. En Cosi fan tutte, Netia Jones introduce una mirada tecnológica y contemporánea que traslada el juego amoroso a un terreno de manipulación digital, acentuando la inestabilidad de la verdad en la era actual. La elección de esta obra, junto a títulos como Don Giovanni o La flauta mágica, configura una reflexión sobre el deseo, el engaño y la identidad que atraviesa todo el repertorio mozartiano.
 
En el terreno italiano, la temporada revela una marcada inclinación hacia el drama psicológico y el conflicto moral. Un ballo in maschera, en la nueva producción de Philipp Stolzl, explora la tensión entre poder y deseo en un dispositivo escénico de fuerte impronta visual, mientras que el regreso de Il trittico permite revisitar las múltiples caras del universo pucciniano -la tragedia, la introspección y la sátira- en una lectura unificada por la dirección de Richard Jones. A esto se suma La Gioconda, ausente durante décadas del Covent Garden, cuyo regreso con Anna Netrebko no solo recupera una pieza clave del repertorio, sino que restituye un eslabón histórico entre Verdi y Puccini.
 
Pero si hay una línea que atraviesa con particular intensidad la programación operística es la exploración de la subjetividad femenina. Desde la devastadora 4.48 Psychosis, basada en el texto de Sarah Kane, hasta la nueva creación Good Sometimes Queen, centrada en las figuras de María Estuardo y Ofelia, la temporada propone una serie de retratos en los que la voz femenina se convierte en territorio de conflicto, memoria y resistencia. Incluso títulos más tradicionales, como Carmen o Madama Butterfly, son revisitados desde una perspectiva que enfatiza las estructuras de poder y las tensiones culturales.
 
En paralelo, el Royal Ballet desarrolla una programación que equilibra la herencia histórica con la innovación coreográfica. Obras emblemáticas como Manon o El lago de los cisnes reafirman la identidad de la compañía, mientras que homenajes como Landmarks: Unmissable Ashton ponen en valor la figura de Frederick Ashton como arquitecto del ballet británico. En estas piezas, la tradición no aparece como un repertorio fijo, sino como una gramática en constante reinterpretación.
 
El verdadero pulso contemporáneo emerge, sin embargo, en la celebración de los veinte años de Wayne McGregor como coreógrafo residente. La reposición de Chroma y el regreso de MADDADDAM -una obra inspirada en la distopía literaria de Margaret Atwood- evidencian una estética que combina exploración corporal, tecnología y reflexión filosófica. En MADDADDAM, la danza se convierte en una herramienta para pensar el futuro de la humanidad, en una línea conceptual que dialoga directamente con las inquietudes ecológicas y sociales del presente.
 
A esta dimensión se suma el programa Disruptors, donde coreógrafos como Pam Tanowitz, Akram Khan y Joshua Junker proponen nuevas formas de narratividad y movimiento, ampliando los límites del lenguaje clásico. Aquí, el ballet se presenta como un campo abierto, en permanente redefinición.
 
En este entramado de ideas y estéticas, la dimensión interpretativa adquiere un protagonismo decisivo. La temporada no solo se apoya en títulos de peso, sino en una constelación de artistas capaces de sostener y resignificar ese repertorio en escena. En el podio, la presencia de Jakub Hrusa articula buena parte de la programación, desde Parsifal hasta Un ballo in maschera y Katia Kabanova, configurando una línea interpretativa de fuerte coherencia estética. A su lado, el retorno de Antonio Pappano para Gotterdammerung y La Gioconda reafirma una tradición ligada a la intensidad teatral y al refinamiento orquestal.
 
La presencia de directores como Thomas Hengelbrock en Cosi fan tutte o Speranza Scappucci en Il trittico amplía el espectro estilístico, mientras que batutas como Sesto Quatrini, Michele Mariotti o Henrik Nanasi consolidan una generación que combina rigor técnico con sensibilidad teatral.
 
En el plano vocal, la temporada despliega un equilibrio particularmente logrado entre grandes figuras internacionales y artistas en plena consolidación. El regreso de Anna Netrebko como protagonista de La Gioconda restituye una dimensión vocal expansiva, mientras que intérpretes como Lisette Oropesa, Ermonela Jaho o Elina Garanca profundizan la línea expresiva del repertorio. El repertorio verdiano y verista encuentra voces de peso en Charles Castronovo, Malin Bystrom o Angel Blue, mientras que el universo wagneriano se apoya en artistas como Andreas Schager o Elisabet Strid.
 
No menos significativa es la presencia del programa Jette Parker Artists, que celebra su 25 aniversario y atraviesa buena parte de la programación, integrando a jóvenes cantantes en un sistema que garantiza la continuidad artística.
 
Otro aspecto central de la temporada es su vocación de apertura. La expansión de las transmisiones en cines, la celebración de los cincuenta años de los Schools Matinees y los múltiples programas educativos subrayan un compromiso con la democratización del acceso al arte. Esta dimensión forma parte de una estrategia que entiende la cultura como experiencia compartida y motor de transformación social.
 
En definitiva, la temporada 2026/27 del Royal Ballet and Opera no se limita a ofrecer una sucesión de títulos prestigiosos. Es, ante todo, una construcción curatorial que articula repertorio, creación contemporánea y reflexión social en un discurso coherente. En ella, cada obra -desde Wagner hasta Atwood, desde Mozart hasta Kane- encuentra su lugar en un mapa en el que la escena se convierte en un espacio privilegiado para pensar el mundo.
 
Y quizás allí resida su mayor mérito: no en la magnitud de su programación, sino en su capacidad para hacer del arte un lenguaje vivo, capaz de interpelar, emocionar y, sobre todo, comprender el tiempo que habitamos.

Víctor Fernández
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