Avanti a Lui

Reseña | Baden-Baden encuentra una nueva respiración
 
La edición 2026 del Festival de Pascua de Baden-Baden ha sido leída por la crítica no como una temporada de transición, sino como el comienzo convincente de una nueva identidad. Esa es, en esencia, la tesis de la reseña publicada por Pablo L. Rodríguez en El País, que interpreta esta primera edición sin la Filarmónica de Berlín como una reinvención lograda: menos una sustitución de emergencia que una nueva arquitectura artística, sostenida por la Mahler Chamber Orchestra, la Royal Concertgebouw Orchestra y dos directores jóvenes de enorme proyección, Joana Mallwitz y Klaus Mäkelä. El propio festival había anunciado ya este nuevo modelo, con la Mahler Chamber Orchestra a cargo del proyecto operístico y la Concertgebouw al frente del gran repertorio sinfónico.
 
La reseña de El País subraya, ante todo, que el cambio no empobreció al festival, sino que lo volvió más diverso y, en cierto sentido, más estimulante. Donde antes había una gran columna vertebral única, ahora aparece una suerte de sistema de vasos comunicantes: una orquesta de cámara de elite con vocación teatral y una gran sinfónica centroeuropea con tradición monumental. La Mahler Chamber Orchestra, fundada en 1997 y profundamente marcada por el legado de Claudio Abbado, aporta flexibilidad, precisión y una especial afinidad con la escena; la Royal Concertgebouw Orchestra, una de las instituciones sinfónicas más prestigiosas de Europa desde 1888, lleva consigo esa autoridad tímbrica y esa memoria histórica que la convierten en una referencia natural para Mahler, Bruckner o Bach. La reseña deja entender que el festival no ha perdido rango: ha cambiado de acento.
 
En ese nuevo paisaje, Joana Mallwitz aparece como una de las grandes triunfadoras. Según la lectura de El País, su dirección del War Requiem de Benjamin Britten y su trabajo en la nueva producción de Lohengrin revelaron una combinación poco frecuente de claridad, tensión expresiva y sensibilidad dramática. No se la presenta simplemente como una batuta ascendente, sino como una artista ya capaz de sostener un proyecto teatral de gran escala. Y no es menor que ese papel le haya sido confiado en la nueva etapa del festival: Mallwitz encarna una forma de autoridad distinta, menos basada en la tradición heredada que en la inteligencia musical y el nervio escénico.
 
El otro gran eje de la reseña es Klaus Mäkelä, a quien el artículo sitúa en el centro del nuevo festival sinfónico. El País destaca especialmente sus interpretaciones de la Quinta Sinfonía de Mahler y de la Octava de Bruckner, dos obras de peso muy distinto pero igualmente decisivas para medir la ambición de una batuta. El festival oficial había anunciado ya esos programas como parte del nuevo núcleo de Baden-Baden, y la crítica española los lee como confirmación de que Mäkelä no es sólo una promesa fulgurante, sino una figura capaz de sostener con autoridad una programación de gran exigencia. La reseña añade además un detalle significativo: su participación camerística como violonchelista junto a músicos de la Concertgebouw, un gesto que humaniza su figura y refuerza la idea de un festival menos jerárquico y más orgánico en su respiración musical.
 
Hay en esta lectura crítica un punto especialmente atractivo: la sensación de que Baden-Baden ha sustituido una hegemonía por una constelación. La salida de la Filarmónica de Berlín, que en otro contexto habría podido vivirse como una herida difícil de cerrar, se transforma aquí en ocasión para repensar el festival. El resultado, según la reseña de El País, es un modelo más abierto, más rico en contrastes y acaso más acorde con el presente: una gran institución sinfónica, una orquesta de cámara con peso operístico, una directora que impone una fuerte personalidad teatral y un director joven que ya carga sobre sí buena parte de las expectativas del circuito europeo.
 
Leída así, la edición 2026 del Festival de Pascua de Baden-Baden no sería simplemente la primera página de una etapa posterior a Berlín, sino la prueba de que ciertos festivales pueden sobrevivir a los cambios de socios artísticos cuando conservan algo más importante que una marca: una idea. Y la idea, en este caso, parece haber sido clara. No repetir el pasado, sino reorganizar el prestigio. No buscar un heredero directo, sino cambiar la lógica del centro. La reseña de El País sugiere que Baden-Baden lo ha conseguido.
 
Fuente de esta reseña: artículo de Pablo L. Rodríguez publicado en El País, sobre el Festival de Pascua de Baden-Baden 2026
 
Víctor Fernández
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