Avanti a Lui

Peter Grimes en Leeds: la devastadora soledad del marginado
 
Opera North revive la obra maestra de Britten en el Leeds Grand Theatre
 
Por Sean Sable
 
Hay quienes lloran en silencio. Otros, como quien escribe, lo hacen sin pudor y con intensidad. Y si existe un arte capaz de provocar ese desgarro emocional, es la ópera. No fue una sorpresa que, al anunciar que asistiría a la nueva reposición de Peter Grimes de Opera North, mis amigos me aconsejaran llevar pañuelos. No estaban equivocados.
 
Desde su estreno en 1945 en Sadler’s Wells —marcando la reapertura del teatro tras la guerra y el inicio de lo que muchos consideran el renacimiento de la ópera inglesa— la partitura de Benjamin Britten se ha consolidado como una de las más conmovedoras del repertorio del siglo XX. Basada en el poema The Borough de George Crabbe, la ópera narra la historia del pescador Peter Grimes, progresivamente aislado por su comunidad tras la muerte de su aprendiz. Cuando la maestra Ellen Orford lo ayuda a contratar a un nuevo muchacho, las sospechas del pueblo no hacen sino intensificarse. Es una historia sobre pertenencia y exclusión, sobre la mentalidad de la turba y la forma en que las comunidades pueden destruir a quienes consideran ajenos.
 
La reposición de la producción de Phyllida Lloyd, codirigida por Karolina Sofulak y Tim Claydon, cuenta con el tenor John Findon en el papel titular y la dirección musical de Garry Walker, director musical de Opera North.
 
El peso del juicio colectivo
 
Desde el inicio, la producción instala una atmósfera opresiva. La ópera no comienza exactamente en silencio, pero casi: los intérpretes ingresan sin palabras, mientras el espacio sonoro se construye únicamente con el crujido de la madera y el roce de los pasos. Ese murmullo colectivo establece el pulso de la vida en el Borough, una comunidad que se mueve como una sola fuerza aplastante.
 
El diseño escenográfico de Anthony Ward, de poderosa austeridad, combina funcionalidad y simbolismo. La amplitud del espacio —necesaria para un coro tan numeroso— evoca tanto la vastedad del mar como la soledad de un pueblo costero británico. Un fondo pintado de océano envuelve el escenario, ambiguo en su representación: las crestas blancas de las olas pueden confundirse con nubes cuando la acción se sitúa en los acantilados, diluyendo la frontera entre cielo y agua.
 
El uso de palés de madera, manipulados constantemente por los intérpretes, construye el vocabulario físico de la vida marítima: tendidos en el suelo son paseos marítimos; erguidos, el tribunal; apilados, las paredes de la taberna. Las redes de pesca, omnipresentes, sugieren tanto captura como encierro humano.
 
La iluminación de Ben Jacobs resulta particularmente impactante. Más que apoyarse en efectos cromáticos, trabaja con formas y sombras: las figuras proyectan siluetas alargadas sobre el fondo, creando la sensación de dos relatos simultáneos —los cantantes y sus reflejos sombríos. En la escena de la iglesia, un único crucifijo se desdobla en tres mediante la luz, aludiendo a los destinos entrelazados de Peter, Ellen y el muchacho.
 
Interpretaciones de alto voltaje emocional
 
Como Peter, John Findon ofrece una voz que oscila entre lo fantasmal y lo poderoso. Philippa Boyle, en el papel de Ellen, canta con una ternura que cala profundamente. Cuando ambos evocan la posibilidad de un futuro compartido, la orquesta se retira, dejando sus voces suspendidas en un silencio cargado de melancolía. Desde ese instante se intuye que su amor nace de la tristeza más que de la esperanza: ni siquiera la orquesta puede sostener su unión.
 
El coro de Opera North actúa como una presencia casi física, sonora y opresiva, que se eleva y colisiona como el mar mismo. Resulta difícil recordar otra ocasión en que la fuerza colectiva de tantas voces haya producido una sensación tan abrumadora. La orquesta, bajo la dirección de Garry Walker, subraya el carácter cinematográfico de la partitura, con disonancias intensas y superposiciones rítmicas que generan una tensión implacable. En una obra donde el silencio es tan importante como el sonido, la relación entre foso y escenario adquiere una electricidad particular.
 
Peter no es un personaje fácil de amar. Reacciona con brusquedad ante la preocupación de Ellen y trata con dureza al niño, aun cuando se percibe su torpe intento de cuidado. El pueblo lo ha construido como irredimible —llegando incluso a representarlo en efigie—, pero la ópera no resuelve esa ambigüedad moral. Nos obliga a convivir con ella.
 
Una tragedia inevitable
 
La tragedia avanza con lentitud inexorable. Consumido por la pérdida de su primer aprendiz y por la hostilidad del pueblo, Peter desciende nuevamente hacia el desastre. Cuando Ellen y el capitán Balstrode comprenden lo sucedido, su “ayuda” resulta devastadora. El final refleja el comienzo: los habitantes regresan al cuadro inicial, caminando casi en silencio mientras la orquesta se desvanece hasta dejar solo el suave balanceo de los pasos. El Borough permanece intacto; la historia de Peter ha pasado sin alterar el orden colectivo.
 
La sensación de injusticia perdura. Las comunidades pequeñas —sean pueblos, oficinas o escuelas— tienden a fabricar un “otro” que cargue con sus culpas y tensiones. Quienes sostienen esa construcción pueden tranquilizarse pensando que, al menos, no son él. Cuando el outsider es destruido, el gesto revela su vacío moral.
 
Las lágrimas llegaron, como estaba anunciado, porque la producción de Opera North logró lo que la gran ópera siempre consigue: desnudar las emociones más crudas y obligarnos a mirarlas de frente. En un mundo que a menudo nos pide dejar el alma en la puerta, acudir a la ópera se vuelve una necesidad.
 
Peter Grimes se presenta en el Leeds Grand Theatre hasta el sábado 21 de febrero.
 
 
Créditos
Por Sean Sable
Publicado el 11 de febrero de 2026
 
Este artículo es la traducción al castellano de una reseña publicada originalmente en https://northernartsreview.co.uk/  Traducción realizada para su difusión en español. Título original y link de acceso a la nota: Review: Peter Grimes at Leeds Grand Theatre


Víctor Fernández
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