Avanti a Lui
Notas

La danza no se mancilla: en desagravio a Valentín Fresno

La danza exige una forma singular de valentía. No sólo la del cuerpo que se expone a la disciplina implacable del ensayo cotidiano, al rigor físico, a la precisión milimétrica del gesto; también la del espíritu que decide mostrarse, sensible y vulnerable, ante la mirada pública.

Valentín Fresno pertenece a esa estirpe de jóvenes artistas que han elegido el camino más arduo: el de la excelencia. Próximamente bailará El cascanueces en el Teatro Colón, escenario mayor de nuestra tradición lírica y coreográfica, donde cada paso dialoga con una historia centenaria. No es un detalle menor: llegar allí no es fruto del azar ni de la frivolidad, sino de años de estudio silencioso, de sacrificio familiar, de vocación sostenida cuando nadie mira.

En los últimos días, en un segmento radial de amplia difusión, se escucharon comentarios que muchos oyentes percibieron como despectivos y de tono homofóbico respecto de su participación en esta producción. Más allá de la ligereza con que suelen pronunciarse ciertas palabras al amparo del micrófono, conviene recordar que el arte no es territorio para la burla ni para la insinuación degradante.

La danza —y particularmente el ballet— ha sido, desde sus orígenes, un lenguaje de disciplina, belleza y trascendencia. Pretender reducirla a caricatura o insinuación habla más de la estrechez de quien observa que de quien baila. La cultura no se engrandece con la ironía fácil, sino con el respeto.

Valentín Fresno es, ante todo, un artista en formación con proyección internacional. Su talento y su dedicación lo han llevado a uno de los escenarios más exigentes del mundo hispanoamericano. Nada de lo dicho en un estudio radial puede alterar esa realidad. La historia del ballet —como la de tantas artes— está tejida por hombres y mujeres que, a pesar de prejuicios y comentarios mezquinos, siguieron danzando.

Seguramente, él mismo ya habrá dejado atrás esas palabras. La juventud creadora suele tener esa virtud: avanzar sin detenerse en la sombra. Pero la comunidad cultural no puede ser indiferente cuando la descalificación adopta formas que rozan la discriminación. El silencio frente al prejuicio termina legitimándolo.

Que la respuesta sea entonces la que mejor conoce el arte: la excelencia. Que cada salto, cada giro y cada aplauso en el Teatro Colón recuerden que la danza es disciplina, es tradición y es futuro. Y que ningún comentario pasajero puede eclipsar la luz de quien ha elegido brillar sobre el escenario.

El verdadero buen gusto —si existe tal logia— es el del respeto.


Víctor Fernández
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