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Posdata de Opinión

La persecución de la política y de las personalidades arruinó al Metropolitan Opera, la mayor institución de artes escénicas de Estados Unidos
 
Por Kelly Jane Torrance
Publicado el 2 de febrero de 2026 – 6:00 (ET)
 
El Metropolitan Opera viene acaparando titulares últimamente, pero por todas las razones equivocadas.
 
No se trata de que la compañía de ópera en funcionamiento continuo más antigua del país esté viviendo un renacimiento de relevancia ni un entusiasmo renovado del público. Todo lo contrario.
 
La histórica institución anunció en otoño un acuerdo con Arabia Saudita —que se estima en unos 200 millones de dólares— para actuar durante tres semanas al año como compañía residente de invierno en un teatro de ópera valuado en 1.400 millones de dólares, cuya inauguración está prevista para 2028.
 
Se trataba de un salvavidas necesario, dado que el Met retiró 120 millones de dólares de su fondo patrimonial —más de un tercio del total— para cubrir gastos desde la pandemia de COVID. Sin embargo, el anuncio también provocó una dura reacción negativa en el mundo cultural, debido a los problemas de derechos humanos del reino saudí.
 
Y como si quisiera demostrar por qué la compañía tiene dificultades para recaudar fondos en su propio país, el público destrozó la reciente reposición de la clásica Carmen de Bizet.
 
La producción, extraída directamente de la coyuntura política y recuperada de la temporada 2023–2024, traslada la acción de la Sevilla de 1820 a los Estados Unidos contemporáneos.
 
En lugar de vestuarios suntuosos y escenografías impactantes, la mezzosoprano estrella Aigul Akhmetshina deambuló por el escenario con shorts de jean y botas de cowboy, mientras que el Escamillo del bajo-barítono Christian van Horn entonó su “Canción del toreador” vestido como jinete de rodeo.
 
Carmen ya no trabaja en una fábrica de cigarrillos, sino para un fabricante de armas, y las tropas fueron transformadas —según la percepción de muchos— en agentes del servicio de inmigración.
 
No fue el dinero, sin embargo, lo que llevó al tenor superestrella Jonas Kaufmann a anunciar a fin de año que no volvería a cantar en el Met.
 
El gran imán de taquilla —uno de los mejores cantantes de su generación— dejó entrever con fuerza que la dirección del teatro estaba detrás de su decisión.
 
“Me sentí muy mal por la forma en que trataron al coro y a la orquesta durante la pandemia. No cobraron nada. Los músicos tuvieron que irse de Nueva York o volver a vivir con sus padres. Yo hice un concierto transmitido por streaming y pedí a los oyentes que donaran. Eso no cayó bien”, dijo Kaufmann a Norman Lebrecht en BBC Radio.
 
(La semana pasada, el Carnegie Hall anunció que la primera aparición de Gustavo Dudamel allí como director musical de la Filarmónica de Nueva York, este otoño, será una ópera en versión de concierto protagonizada por Kaufmann).
 
Luego, hace una semana y media, estalló una verdadera bomba: Peter Gelb, director general del Met, anunció el despido de alrededor del 10% de los más de 200 administradores de la casa, la eliminación de una nueva producción de la próxima temporada y un recorte salarial temporal para los 35 ejecutivos que ganan más de 150.000 dólares anuales, incluidos el propio Gelb (1,4 millones) y el director musical Yannick Nézet-Séguin (estimados 2 millones).
 
El Met podría vender los derechos de denominación de su teatro.
 
También está buscando comprador para los dos murales de Marc Chagall, valuados en 55 millones de dólares y creados específicamente para el edificio, aunque con la condición de que permanezcan en su lugar y que el nombre del nuevo propietario figure en una placa cercana.
 
La noticia sacudió al mundo artístico, pero “no sorprendió a nadie dentro del edificio”, según declaró un empleado del Met a The Post.
 
El acuerdo con Arabia Saudita sigue sin firmarse, aseguró, y añadió que “hay un halo de misterio alrededor de ese convenio”.
 
Gelb atribuyó los recortes a una demora en el acuerdo.

“Entiendo que los saudíes han tenido que recalibrar sus presupuestos por sus propias preocupaciones económicas”, dijo al New York Times. “Me han asegurado que el acuerdo seguirá adelante. Pero llevamos esperando bastante tiempo”.
 
No es el único problema, señaló una fuente interna: “Existe mucha fricción, especialmente entre miembros del coro, la orquesta y el personal que son gays y/o judíos, y que están preocupados por su seguridad”.
 
El empleado coincidió, pero explicó que la situación del Met es desesperada.
 
“La manera en que el dinero entra y sale de ese edificio es increíblemente compleja”, afirmó. “Necesitan ese dinero saudí ahora, y ese dinero todavía no llega, así que tienen que encontrar otras formas de seguir operando”.
 
¿Cómo llegó la mayor institución operística de Estados Unidos al punto de necesitar dinero saudí para cubrir su presupuesto anual de 330 millones de dólares?
 
La venta de entradas representa menos de un tercio de esa cifra.
 
“Nueve familias [adineradas] mantienen vivo al Met en la ciudad de Nueva York”, dijo el empleado sin rodeos.

“Tal vez hace 30 años había muchas personas con esa capacidad económica, y el Met era una institución a la que querían donar dinero porque tenía capital social. Esa gente está desapareciendo”.
 
Sus hijos están menos interesados en continuar con las donaciones. Y los nuevos magnates tecnológicos no parecen ser grandes amantes de las artes.
 
“El único contraejemplo”, señaló el empleado, es el reciente compromiso de Nvidia de aportar cinco millones de dólares anuales a la Ópera de San Francisco, “un gran logro. La Ópera de Seattle nunca logró que Microsoft donara”.
 
Gelb también canceló una de sus mayores fuentes de ingresos al declarar que la soprano rusa Anna Netrebko no volvería a pisar el escenario del Met tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022.
 
Netrebko se manifestó contra la guerra, pero no criticó con suficiente dureza a Vladimir Putin según el criterio de Gelb, aunque sí permitió que otros cantantes rusos —que actuaron en eventos patrocinados por el Estado ruso— continuaran en la casa.
 
Gelb calificó sus declaraciones contra la guerra como “poco sinceras”, alegando que “condenó la guerra por pura conveniencia”.
 
El empleado consideró “muy injusto” que Gelb utilizara a Netrebko para exhibir una supuesta “gran toma de posición”: “Todo resultó muy cruel”.
 
“Todo el mundo en el Met tiene una relación personal con Anna”, añadió, calificando su cancelación como “grotesca”.
 
Y no se puede culpar únicamente a una base de donantes envejecida. Después de todo, la ópera no es solo para mayores: la edad promedio del comprador de entradas del Met era antes de 60 años y ahora es de 40.
 
Gelb ha citado los desafíos posteriores a la pandemia, pero rara vez asume responsabilidad por sus fracasos; incluso culpó a la política migratoria del presidente Trump por la caída de ventas de la temporada pasada.
 
Según el empleado, la pandemia fue simplemente un “acelerador” de problemas preexistentes.
 
Como dijo Joe Pearce, presidente de la Vocal Record Collectors Society, a The Post:

“Todavía hoy la muerte de Mimì me hace llorar, igual que cuando tenía 13 años”.
 
El empleado del Met no es partidario de la operación con influencers destinada a “forzar la relevancia”. “Hay algo muy incómodo en todo eso”, afirmó.
 
Tampoco cree que funcionen otros intentos de actualidad, como producciones políticamente tematizadas realizadas por creadores de Broadway sin experiencia en ópera.
 
“Los directores dicen: ‘Voy a hacer la nueva obra feminista bla, bla, bla’”, comentó. “Y después vas a verla y nada de eso está ahí. Lo único que queda es este amasijo mayormente inarticulado de clichés políticos”.
 
La fuente interna se burló: “El creador de la nueva Carmen ni siquiera sabía cómo terminaba la ópera, lo que reafirma que el Met sigue priorizando el espectáculo por sobre la sustancia al momento de contratar”.
 
Tras anunciarse los recortes, se supo que la directora Carrie Cracknell —procedente del teatro británico— y otras cinco personas involucradas en Carmen exigieron que se retiraran sus nombres de los créditos de la reposición reciente.
 
En la producción original, Escamillo ingresaba en escena en un Jaguar descapotable rojo, acompañado por su séquito en tres camionetas.
 
Llevar esos vehículos al escenario era costoso, por lo que Gelb los eliminó para ahorrar 300.000 dólares. Esta vez, Escamillo y su grupo entraron empujando una motocicleta.
 
Cracknell se indignó al considerar que su visión había sido destruida.
 
Las fuentes internas del Met solo hablaron con The Post bajo condición de anonimato. Están “aterrorizadas” ante la posibilidad de perder sus empleos.
 
Al menos un administrador recientemente despedido está iniciando acciones legales por su desvinculación, según una fuente.
 
Hay menos producciones en cartel: la compañía pasó de montar entre 24 y 26 títulos antes de la pandemia a solo 17 la próxima temporada.
 
¿Hasta dónde puede caer finalmente el Met tras casi 20 años de Gelb al mando?
 
“Peter (Gelb) ha hecho muchas cosas buenas y ha cambiado de manera significativa la industria de la ópera”, reconoció el empleado. Las transmisiones en cine en alta definición que Gelb impulsó en los años 2000, “cualquiera haya sido su efecto real, para bien o para mal, cambiaron mi vida”, al permitirle conocer la ópera cuando no tenía acceso a verla en vivo.
 
Pero también es “un líder muy defectuoso, porque vive atrapado entre tratar de complacer a la gente y, al mismo tiempo, dirigir el barco en una determinada dirección, y termina paralizado”, dijo el empleado, calificándolo de “micromanager” que “no presta suficiente atención al panorama general”.
 
“Su problema se resume así: apuesta por un equipo creativo, se da cuenta de que ese equipo, por la razón que sea, no logra concretar la gran producción que va a salvar a la ópera, pero no puede decirles que no. Quiere ser visto como alguien que apoya a los directores, y entonces deja que las producciones se desborden y crezcan desmesuradamente. Cuando terminan siendo un desastre, actúa como si no hubiera tenido ningún control. ‘¿Qué se le va a hacer?’”.
 
“Bueno —concluyó—, se pueden encontrar mejores artistas, gestionarlos mejor y, con suerte, ofrecer un mejor producto artístico sobre el escenario”.
 
No solo el público se estremeció ante Carmen; el personal también.
 
Ese fracaso puntual es indicativo de problemas más profundos en una institución cultural clave.
 
“Hay muchísimo que se podría decir sobre el postureo político”, concluyó el empleado.
 
Créditos:
Este artículo es una traducción al castellano de una nota de opinión publicada originalmente en New York Post, realizada con fines informativos y culturales.
Título original: Pursuit of politics and personalities ruined the Met Opera — America’s biggest performing arts institution

Víctor Fernández
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