Avanti a Lui
Notas
Joseph Haydn, el bromista ilustrado: cuando el humor también fue música
La historia de la música académica suele narrarse con gesto adusto, como si el ingenio y la risa fueran huéspedes incómodos en la sala de conciertos. Joseph Haydn desmiente esa idea con una obra en la que el humor no es un adorno marginal, sino una herramienta compositiva central. En Haydn, la broma está pensada, escrita y cronometrada; es forma, retórica y, sobre todo, diálogo con el oyente.
Un público nuevo, una escucha nueva
Las famosas estancias londinenses del compositor a fines del siglo XVIII resultaron decisivas. Allí, Haydn se enfrentó a un público amplio, atento y heterogéneo, menos atado a las convenciones cortesanas. Ese contexto favoreció una música consciente de su efecto inmediato, capaz de jugar con la expectativa y la sorpresa. No se trataba de “hacer reír” sin más, sino de activar la escucha, de impedir que el oído se vuelva automático.
El sobresalto como pedagogía
La Sinfonía Nº 94, apodada La sorpresa, cristaliza esta poética. El célebre golpe fortísimo en el segundo movimiento no es un capricho: es una interrupción del hábito. Haydn parece decirle al público que la música amable y previsible también puede pensar por contraste, que el sobresalto —bien dosificado— afina la percepción tanto como el silencio.
La despedida como escena
Con la SinfoníaNº 45, el humor se vuelve teatral. Los músicos abandonan el escenario uno a uno, dejando atrás un espacio que se vacía y se oscurece. La escena conmueve y divierte a la vez, porque convierte un reclamo concreto (el regreso a casa) en metáfora sonora. La risa aquí es suave, cómplice, cargada de humanidad.
El placer del engaño: finales que no terminan
Haydn refinó el arte del falso final como pocos. En la Sinfonía Nº 90, el cierre es tan convincente que provoca aplausos anticipados. El silencio posterior —ese instante suspendido— es parte de la broma. Cuando la música retoma su curso, el compositor no ridiculiza al oyente: lo invita a aprender. Escuchar hasta el último compás es, también, una forma de respeto mutuo.
Romper la ilusión desde adentro
La Sinfonía Nº 60 va aún más lejos. En pleno desarrollo, parte de la orquesta aparenta estar desafinada y se pone a “afinar” como si la obra se hubiera descarrilado. El teatro irrumpe en la sinfonía; la convención se desnuda. Haydn muestra las costuras del concierto y, al hacerlo, las convierte en material musical.
La risa en cámara: el cuarteto como laboratorio
En los cuartetos —especialmente los del Op. 33, presentados por el propio Haydn como escritos “de una manera enteramente nueva”— el humor se vuelve íntimo. El Cuarteto Op. 33 Nº 2, conocido como La broma, estira el final con pausas engañosas, cadencias que prometen clausura y la niegan una y otra vez. Aquí la risa nace del tiempo, del silencio, de la espera compartida entre intérpretes y público. Es una broma que sólo funciona si todos participan del pacto.
Un obituario leído con sonrisa
Incluso fuera del pentagrama, Haydn mantuvo esa distancia irónica. Durante su paso por Inglaterra, una revista anunció por error su muerte. El compositor recibió la noticia con humor: el raro privilegio de leer el propio obituario en vida confirma a un artista consciente de su lugar histórico, pero ajeno a la solemnidad excesiva.
Humor ilustrado
Nada de esto es trivial. El humor de Haydn es ilustrado: racional, medido, profundamente musical. No destruye la forma; la ilumina. No banaliza la emoción; la renueva. En un siglo que celebró la razón, Haydn recordó que reír también es comprender.
Y quizás por eso, después de sorpresas, despedidas, afinaciones fingidas y finales que no terminan, la mejor manera de cerrar esta nota sea aceptar la última complicidad y pronunciarlo casi como un eco rítmico, con pausa y sonrisa:
Ja. Ja. Ja… Haydn.
Víctor Fernández
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